
En los últimos años, en tecnología se está instaurando la cultura de que más es mejor siempre, por lo que buscamos dispositivos con más pantalla, con más resolución, con más memoria, con más potencia, etcétera. El salto del Full HD, el antiguo estándar, al actual 4K, fue necesario e hizo que las pantallas ganasen en nitidez.
Ahora, la industria está intentando empujarnos hacia la resolución 8K. Los anuncios que promocionan estos nuevos paneles son espectaculares, pero no logran camuflar el alto coste de estos dispositivos. El problema para los fabricantes es que a nivel biológico el ojo humano tiene algunas limitaciones que no permiten disfrutar al completo de esta experiencia visual.
Límites de la retina
Un televisor 4K (UHD) tiene aproximadamente 8,3 millones de píxeles, una cifra abismal. Un televisor 8K cuadruplica esa cifra, alcanzando los 33 millones de píxeles. Desde el punto de vista de la ingeniería, fabricar un panel así es una proeza técnica admirable.
Sin embargo, el eslabón débil de esta cadena no es el panel, sino la persona que está mirando esa televisión. El ojo humano tiene una capacidad limitada para resolver detalles, lo que técnicamente se conoce como agudeza visual. Nuestra retina tiene una densidad limitada de fotorreceptores (conos y bastones) encargados de interpretar la luz.
Los expertos en óptica y oftalmología llevan décadas estudiando estos límites. Existe un consenso científico, basado en la estructura de la fóvea (la parte central de la retina con mayor agudeza), que determina que, a partir de cierta densidad de píxeles, el cerebro humano es incapaz de distinguir un punto individual de otro adyacente, y los termina mezclando. Si tu ojo no puede separar esos píxeles extra que ofrece el 8K, para ti no existen, por lo que estarías pagando por una televisión que ofrece un extra de información que tu cerebro no es capaz de interpretar.
Distancia ideal para ver la televisión
La capacidad de percibir el detalle depende directamente de la distancia a la que nos encontramos del objeto. Es el mismo principio por el que un cartel publicitario gigante se ve nítido desde la autopista, pero se ve pixelado si pegas la nariz a él.
Con los televisores ocurre justamente lo contrario. Para que el 8K tenga sentido, necesitamos que los píxeles sean distinguibles. En un televisor de tamaño estándar para un salón moderno, pongamos unas 65 pulgadas, la densidad de píxeles en un panel 4K ya es tan alta que, a una distancia de visionado normal (entre 2,5 y 3 metros), estamos al límite de nuestra percepción.
Por tanto, y según múltiples estudios, como los que ha llevado a cabo la Society of Motion Picture and Television Engineers o los análisis de expertos como DisplayMate, para que una persona pueda empezar a notar la diferencia real entre un panel 4K y uno 8K de 65 pulgadas, tendría que sentarse a una distancia absurdamente cercana. Hablamos de sentarse aproximadamente a un metro o metro y medio de la pantalla, siempre y cuando no tenga problemas de visión.
Y este es el principal problema de las televisiones 8K. Hasta el momento, no parecen viables precisamente porque nadie va a querer ver un partido de fútbol durante dos horas pegado al televisor. Y si es una familia entera la que quiere disfrutar de una buena película, la situación es todavía más delicada.
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